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Desde la fiesta de los Reyes Magos, en la que mi obispo me ordenó sacerdote, estoy ejerciendo el ministerio en una parroquia de una ciudad bastante grande del interior de Andalucía. Soy el vicario parroquial colaborador de un sacerdote maduro y experimentado, del que estoy aprendiendo mucho.
Tres cosas deseo destacar de estos meses de cura joven. La primera es que estoy muy alegre de haber entregado mi vida al servicio de Dios y de los hermanos, dentro del sagrado orden de los presbíteros. Mi alegría no es fachada, sino que me sale de un corazón lleno de amor que me llamó a servirle.
La segunda, es que el párroco con el que trabajo es un hombre entregado a su ministerio de una forma honrada y cabal, lo que está abriendo un horizonte de esperanza y un acervo de experiencia que nunca sabré agradecer plenamente.
Y la tercera es que me siento muy acogido por todos los hermanos sacerdotes del arciprestazgo al que pertenezco. No me encuentro solo. Estoy siempre acompañado para el trabajo pastoral y para el descanso. Sinceramente ser cura vale la pena porque es una manera de conseguir cada vez la mayor madurez humana y cristiana.
Finalmente, la comunidad parroquial a la que sirvo es para mi la gran plataforma donde me encuentro con las necesidades reales de las personas, de modo singular los más pobres y necesitados, que son los que me llevan a celebrar los sacramentos sabiendo dar razones de mi fe, esperanza y amor.
Benito Navarrete González
(Publicado en Dia del Señor, semanario de formación cristiana nº 1.225, marzo 2006)
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