2.De como puedes ser bautizado y apagarse la fe

Por eso te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos (2 Tm 1, 6)

No extingáis el espíritu (1 Ts 4,19)
 

La fe se puede perder

La fe se puede perder. Veo a la fe es como la llama de un fuego que si no mantienes ardiendo, llega a extinguirse y se convierte en madera carbonizada y ceniza, que no sirve ya.

Hubo una etapa en mi vida en la que dejé de creer que la Iglesia Católica fuera de verdad lo que decía ser, la Iglesia de Jesucristo.

Curiosamente, yo había dejado de asistir a la Iglesia muy pronto.

Hice las catequesis para la primera comunión, y realicé la primera comunión, y a partir de ese momento, mis recuerdos relacionados a una Parroquia o Iglesia, son mínimos.

Es decir, por la razón que fuere, no hubo en mi una perseverancia en seguir profundizando y conociendo la Fe Católica. No juzgo. En todo caso, me culpo a mi mismo.

Yo no dejé de creer en la existencia de Dios, y aunque la adolescencia es una etapa difícil, siempre traté de mantener ese hilo de contacto que se reactivaba cada año en épocas como la Semana Santa o la Navidad, fechas para mi, que han sido verdaderamente vividas con intensidad y devoción siempre. Aunque eso puede contribuir a mantener la fe, la llama es débil.

La fe viene de la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo
(Rm 10, 17)
 

Perseverar es fundamental

Si después de tomar la 1ª comunión no se persevera en el conocimiento de Jesucristo, en las oraciones y en los sacramentos, pues aquello que tienes lo puedes ir perdiendo poco a poco, y la persona deja la Iglesia y vuelve al mundo, y comienzas a vivir y a aprender, pero sin Dios como punto de referencia, ajeno a la salvación, a la esperanza de la resurrección, y de la condición de hijo de Dios obtenida por el Bautismo. Ese fue mas o menos mi caso, como lo es el de otros muchos.

Y así me fui enfrentando a los desafíos que me planteaba la vida.

Como Católico, era sólo nominal, puesto que rara vez asistí a una Misa, y pocas veces recuerdo haber pisado una Iglesia si no era con algún motivo especial, (Semana Santa, una boda de familiar, etc).

Posiblemente que mis padres hicieran también esto, pudo influir. Y cuando iba, sentía una mezcla extraña de sentimientos, por un lado agradables, y por otro como si aquello no fuera para mi, como si no entendiera. Realmente era así. Pero hoy se que es Dios quién te atrae hacia el. Nosotros no podemos amar a Dios, ni tan siquiera pronunciar su nombre, si no nos es concedido de arriba.

Debo entender por tanto, que así tuvo que ser en mi vida entonces, en cierto modo. Fue mi paso de la pubertad a la adolescencia, un paso en el que no miraba mucho hacia arriba, sino sólo hacia abajo, inmerso en mi vida, en mis preocupaciones, en mis diversiones, un camino de busqueda a mi mismo, y búsqueda de mi propia identidad en este mundo.

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